Nos hacemos en la comunicación

Por Alice Socorro Peña Maldonado

Imagen1La comunicación es un fenómeno universal del cosmos. Todos los elementos que integran el universo se relacionan entre sí. No hay existencia que por el hecho de ser no entre en comunicación con otro ser que existe. La comunicación con quien o con lo que sea, es relación. Toda relación implica alteridad. Alteridad que consciente o inconsciente depende de la cualidad existencial del ser. El ser humano quien adornado de la capacidad cognoscitiva o conciencia puede conocer en profundidad este fenómeno de la comunicación, estudiarlo, descifrar reglas, establecer modelos que le permitan su aprovechamiento integral. (Morera 1996)

La comunicación es una necesidad individual y social que se reconoce como un derecho humano universal. Comunicarse es esencial a la naturaleza humana en su relación con el otro y el entorno pues permite su humanización en el proceso de la socialización, así como aprehender el mundo que le rodea, el cual es el resultado de su ser y quehacer en permanente encuentro con el otro (el tú), quienes en un continuo aprendizaje no sólo llegan a establecer un “nosotros” que enriquecen y complementan a ambos, sino que los impulsa a establecer una relación con el entorno para modificarlo en miras a sus intereses y expectativas.

La construcción de un modelo comunicacional, basado en el ser humano y no en la tecnología ni en las instituciones, debe conducir al desarrollo de la persona en unidad a la totalidad. Esto exige estudiar con detenimiento, la naturaleza relacional, la capacidad de amar y la corporeidad sexuada que distingue al hombre y a la mujer. Elementos claves  que debidamente comprendidos, asumidos y desarrollados, harán del acto comunicativo un acontecimiento creativo, liberador y transformador del mismo ser humano y de su entorno.

“La relación con el otro es un constitutivo esencial de la persona” (Heidegger, 1967, p.54). El ser del hombre es un “ser con”. Este hecho no es complementario sino constitutivo, por lo que no lo hace un ser dependiente sino coexistente. (Masiero, 1985, p.4). Pero, ¿quién es ese otro? Es aquel que le permite realizarse como persona. Es un hecho existencial que se realiza cuando el otro lo abandona, lo deja solo o lo saca de sus seguridades porque lo obliga salir de sí mismo, pero también cuando el otro lo busca, lo acoge y comparte lo que es y tiene. Igualmente cuando el otro lo amenaza, lo desafía o interpela, no porque sea bueno o malo sino por ser diferentes, o lo acepta y lo llama a encontrar espacios comunes y construir en función de éstos.

La necesidad del hombre y de la mujer de encontrarse con aquella o aquel que siendo semejante o diferente a sí mismo(a), establece en ambos, retos y desafíos por superar. Con el objeto de generar un espacio en común donde puedan encontrarse juntos e interactuar en propósitos afines, su búsqueda y consecución les permite ser más sí mismos, es decir, desarrollar su identidad desde su especificidad masculina y femenina y trascender en la historia dejando huellas en su entorno como un  todo.

Desde sus retos, el hombre y la mujer poseen capacidades para relacionarse, como el pensar, soñar, desear, sentir, hablar, actuar, vivir, etc. que al desarrollarlas les permite un funcionamiento coherente y conforme a las posibilidades reales. Desde sus desafíos encontramos que estas posibilidades pueden ser mermadas por limitantes de diversas índoles, los cuales es necesario superar en el tiempo y espacio histórico. De no ser así se transformarían en seres discapacitados y disfuncionales.

En ese encuentro con el “otro” y la “otra” que lo constituye en sí mismo, el ser humano se enriquece y crece. Por lo que la marginación, la exclusión, la separación y, por tanto, la incomunicación del ser humano respecto de otros lo empobrece y le niega su posibilidad de ser.

En el marco de la otredad, el otro no es alguien abstracto, genérico, vago y uniforme, sino alguien concreto y único que obliga conocerlo y que hace que no se permanezca indiferente respecto de él. Según Finkielkraunt “el rostro del otro me intima al amor o por lo menos me prohíbe la indiferencia respecto de él. El rostro me acosa, me compromete a ponerme en sociedad con él, me subordina a su debilidad, en suma me manda amarlo.

“En el otro siempre hay un exceso o una diferencia en relación con lo que yo sé de él”. (Cabada, 1994, p.386). Es el otro quien lleva ahora las riendas de mí mismo. Y en ese salir de sí, se pierde el poder, porque el otro no se deja asimilar, no llega a ser mío. Se contempla el rostro pero no se lo absorbe.

“El otro se convierte en un provocador absoluto cuando afirma que el rostro del otro es aquello que lo mide”. (Lévinas 1987, p.16) Para sentirse injusto es necesario medirse con el infinito, lo perfecto, lo trascendente; esto hace de la actitud de la persona ante el rostro del otro, como privilegiada vía de acceso a la trascendencia. El otro se convierte en el verdadero protagonista, promotor y propulsor de la exigencia ética o de la conciencia moral.

Es en la relación dialógica del yo con el tú donde aparece lo absoluto.  “El hombre no puede hacerse enteramente hombre mediante su relación consigo mismo, sino gracias a su relación con otro mismo”. (Buber, 1949, p.93). Para Lévinas “el rostro de la persona que se ofrece a mi mirada, es la verdadera categoría ontológica que hace salir de sí mismo al yo hacia el exterior de sí mismo, y con ello destruye el engreimiento de la subjetividad” (Cabada, p. 386), convirtiéndose el rostro del otro la huella de la divinidad.

Desde la antropología de la sexualidad, con la conciencia del otro se establece una conexión con la divinidad como gratuidad absoluta, que se visualiza en la misma vivencia del enamoramiento o del amor sexual: si se define este amor como el afán de unión, y la unión se entiende desde el punto de vista de comunicación, de ser parte del otro, de dar y darse y generar nueva vida, incluyendo un nuevo ser, ¿por qué eso es puramente gratuito en su comienzo? ¿Por qué eso produce una felicidad insospechada? Y ¿por qué eso desestabiliza la normalidad psicológica y conductual de las personas? Todo conduce a un ansia conjunta de plena y absoluta realización de sí mismo. (Choza, 1991, p.86). No hay otro camino para su hominización que el ser humano mismo. Es esa experiencia vital, de encuentro, de diálogo y de complementariedad la que nos acerca a la experiencia originaria de la unidad: la revelación del ser personal y el desarrollo de una conciencia de felicidad absoluta donde ambos se constituyen artífices originarios de nuevas realidades.

En su huella creadora a través de los tiempos ese yo-tu, masculino y femenino se convierten en un nosotros, desde la experiencia vital, de ser progenitores y herederos de una humanidad que se constituye en comunidades y en instituciones, que desde un sentido de pertenencia y de solidaridad realizan tareas y funciones en torno a un propósito común.

Como fundamento de esta huella creadora va a ser el amor, la energía originaria, la fuerza que expande hacia el otro y desde allí hacia el entorno, quienes en un encuentro permanente les impulsa hacia la plenitud y la realización. Hablar del amor como fuerza centrífuga en expansión, obliga a tomar en cuenta que un discurso sobre el mismo nunca será abarcable en toda su expresión, pero no por ello imposible para profundizar en el amor como experiencia totalizante. Ya bien Pablo en su carta a los Efesios (2, 18) expresa ésta totalidad respecto al amor cuando afirma que el amor excede de todo conocimiento, y que estamos llamados a comprender su anchura y longitud, su profundidad y altura en comunión con los otros.

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